“¿Y si este mundo fuera el infierno de otro planeta?”

-Aldous Huxley

Descenso

Le doy dos monedas a quien vendría siendo mi *Caronte, justo a la mitad de mi camino me encuentro en una ciudad oscura, de noche, y una voz en mi cabeza me dice: “¡Ay de vosotras, almas inocuas! No anheléis ver nunca el cielo. Vengo para trasladarlos hasta la otra orilla, donde gobierna la sempiterna tenebrosidad, entre el calor y el frío. Y tú, alma viva que te encuentras en este lugar, apártate de entre esas que están muertas”, aquel que me ayudó a cruzar en medio del diluvio se queda atrás y comienzo a bajar a las profundidades.

Almas en pena, caminamos con la mirada fija al piso, llevamos a cuestas una última desgracia: un asalto a mano armada a plena luz del día, el despido injustificado de un trabajo poco remunerado, el inevitable recuerdo de una infidelidad, una pelea callejera o una idea suicida.  

El infierno está lleno de filas enormes, de esas en las que no se ve el principio pero que rápidamente se alarga su final. Para llegar a nuestro inevitable destino hay que formarnos en este nido de ratas, los roedores corren detrás de los muros, fornican en el techo y nos mojan cual flores bajo la lluvia con su sangre y esperma.

 

 

Hambre

Mientras espero mi turno, el agua del **Aqueronte se filtra, corre y sube su nivel hasta cubrirme los tobillos, la corriente helada de color gris apesta a caño, arrastra pedazos de basura y una cucaracha viva se enreda en mis agujetas, basta con sacudir la pierna para que el río de agua puerca se la lleve. 

El hambre empieza a traicionarme. Los demonios de la gula hacen acto de presencia con sus voces desastrosas, parecidas a truenos, nos quiebran los oídos con su chillido, sus ojos buscan nuestra mirada y nos postran manjares tan suculentos como letales: de tifoide, o diarrea en el mejor de los casos.

Me resigno a fungir como faquir, los más desgraciados no podemos pensar en comer ni en tifoideas. Pago mi última moneda, este negocio promete llevarme a mi destino sin importar cuál sea. Desciendo aún más.

Cucaracha
Fotografía de Arturo Hernández

Guerra

Aquellos anzuelos para los hambrientos se quedaron atrás y una nueva fila se forma. Parece que el río de mugre no llega hasta estas profundidades. La primera nave se estaciona y los viajeros nos transformamos en algo aún más horripilante que los demonios de la gula:  jalones, golpes, empujones, robos, perversiones e insultos; todo con tal de evadir la realidad de este lugar. 

El primer grupo se ha ido sin mí, tengo fe en que me iré en el siguiente viaje. Levanto la vista y mi mirada se estampa con un techo cavernoso que nos salva del aplastante diluvio; aún bajo tierra, puedo sentir el yugo del agua mediante la comezón que ataca mis pies mojados de agua puerca, el burbujeo de mis calcetines a cada paso me recuerda cuan empapado sigo.

El calor de las profundidades y mil  cuerpos me asfixian y mis tripas se constriñen por el hambre. Tres embarcaciones han zarpado y aún no consigo subir.

Nuestro transporte no es precisamente acuático, pero ha demostrado, aunque de manera poco eficiente, resistir a las tormentas de la superficie. Una nueva embarcación ha llegado y con ella mi metamorfosis a sabueso rabioso en busca de un asiento, me abro paso entre todas las personas: ancianos, niños, embarazadas, ciegos…Me da igual.

Ira

Aún así he fallado, una maldita mórbida me ganó el asiento. Cientos de desgraciados se aferran a subir, el espacio es tan reducido que siento como se rompen mis costillas. Al menos no tardamos en despegar.

La gorda destapa sus alimentos y empieza a comer mientras un imbécil me clava su codo hasta el hígado. La analizo y descubro cuánto la detesto, desde su poco cabello teñido de rojo hasta las líneas que se dibujan en su rostro cada que prueba bocado, observo como escurre la grasa de su comida por las arrugas encima de su papada, un trozo de carne cae en un gafete, me parece que dice: “Le atiende ***CIACCO”, así se llama la cerda que sonríe como el mismísimo diablo y se alimenta sentada frente a mí, mientras yo muero de hambre y cansancio en este féretro andante. ¡La odio, la odio tanto como estar aquí! 

 

 

Muerte

Nos hemos detenido en medio de las tinieblas, alguien no lo ha logrado. Sabemos que retirar un cuerpo es una labor tardada. Mis pies arden, de dolor y comezón, no siento la espalda, pienso que ya no soporto más, pero sorprendentemente sigo de pie, en el cristal de la ventana veo mi reflejo y el de todos los que me rodean, aparentamos tranquilidad, pero la verdad es que este lugar nos está dejando sin alma que perturbar. El calor se ha vuelto insoportable, me ahogo en este mar de sudor y lágrimas silenciosas. La luz regresa y volvemos a avanzar, han removido el cadáver del camino. 

Deliro por unos segundos, voy colgado como un Jesucristo, un frenón me espabila, sé que haremos una parada. De reojo, me percato de que la obesa bajará aquí. Le bloqueo el paso a todos y me apodero de su lugar, postro mis nalgas en el asiento y sonrío victorioso. El asfixiante calor, el hambre, la fatiga y el arrullo del trayecto me han llevado a un destino totalmente diferente al que esperaba. 

El silencio se hace total, la oscuridad absoluta. Estoy sentado en una silla enorme y bastante cómoda, frente a mí, aparece una mesa dorada con espacio para 10 personas. Visto con un traje verde aterciopelado, mi cabello está peinado y radiante. Una sirvienta morena, de cabellos y ojos tan negros que se confunden con el lugar en el que estamos, me coloca una servilleta para mantener limpia mi refinada ropa.

Uno de los mayordomos pone frente a mí un corte fino y jugoso de carne. ¡Quiero devorarlo de un bocado! Pero un sujeto tan refinado como yo siempre mantiene sus modales. Tomo los cubiertos de oro y parto un pedazo de filete, es tan suave que se deshebra prácticamente solo, cierro los ojos mientras me acerco el bocado, ¡me jalan bruscamente de la ropa, doy un salto del susto!, la luz regresa. Un hombre descalzo me había despertado para pedirme unas monedas, le digo que no tengo y se aleja, canta y baila para seguir mendigando. Me resigno a pensar que todo fue un sueño, no tengo mayordomos ni sirvienta ni comida.

Cielo

He llegado al delirio, me encuentro realmente mal, creo que estoy vencido. Recibo una descarga, una clara señal de que sigo con vida, un olor a flatulencia me indica que hemos llegado al octavo círculo del infierno, característico por su olor a excremento. Mi nariz no soporta la peste, echo el cuello hacia atrás para zafarme de aquel repugnante aroma y una dicha me invade al observar de nuevo el cielo.

¡Al fin he salido del infierno!, me levanto y empujo con mis últimas fuerzas todo lo que me impide salir del vagón, subo las escaleras al cielo, cruzo los torniquetes y huyo definitivamente de ese lugar, el diluvio es ahora una ligera brisa que acaricia mi rostro y me hace cerrar los ojos.

Cielo
Fotografía de Arturo Hernández

Decido usar mi traje verde aterciopelado, me peino y salgo de casa. Espero bajo el cielo nublado al microbús que me dejará en el metro. Al subir le pago con dos monedas. Tomo asiento y una hermosa chica de tez morena paga su pasaje, me observa con sus ojos tan negros como su profundo cabello y sonríe, sonreímos. Al momento de arrancar me percato de la primera gota de lluvia que cae en mi ventana. Justo a la mitad de mi camino, me encuentro en una ciudad oscura por la madrugada, saco de mi portafolio La Divina Comedia de Dante Alighieri, y retomo mi lectura en el canto tercero: “¡Ay de vosotras, almas inocuas! No anheléis ver nunca el cielo. Vengo para trasladarlos hasta la otra orilla, donde gobierna la sempiterna tenebrosidad, entre el calor y el frío. Y tú, alma viva que te encuentras en este lugar, apártate de entre esas que están, muertas”.

 

 

 

*Barquero de Hades, el encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río Aqueronte a cambio de  óbolo o monedas

**Era uno de los cinco ríos del inframundo. Se cuenta que en sus aguas todo se hundía salvo la barca de Caronte. 

***Es un personaje de ficción, citado por Dante Alighieri en el Infierno entre los golosos. Sustantivo al cual se atribuía el significado de “puerco”.

 

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